Abel Rabanal González
Érase una vez un niño curioso y juguetón, de ojos vivarachos y cara rechoncha, que quería descubrir a toda prisa todos los secretos del universo. Tenía escasos años y ya quería desentrañar los enigmas que escondían los animales y los misterios fascinantes que albergaba la naturaleza.
Kim, que así se llamaba el pequeño, vivía feliz en el campo con su abuelo porque estaba ilusionado con la libertad que allí disfrutaba. Le gustaba corretear por las laderas verdes de las montañas y escuchar los trinos ruidosos de los pájaros. Sus padres le habían dejado vivir en plena naturaleza conscientes de que, para la felicidad de su hijo, solo hacían falta dos cosas: la compañía protectora del abuelo y la vida natural al aire libre.
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